Tantas y tan penosas eran sus chapuzas, que nadie deseaba
tener un genio así. Su lámpara terminó sirviendo sólo para dar patadas, como un
bote cualquiera, y el genio estuvo años sin salir, triste y deprimido. Hasta
que un niño solitario encontró la lámpara y pudo escuchar los lamentos del
genio. Entonces decidió hacerse su amigo, y su único deseo fue poder entrar y
salir de la lámpara para estar con él. Éste se mostró encantado, pero en cuanto
el niño puso el pie en la lámpara, comprendió el problema de aquel genio
chapuzas. No es que fuera un mal genio, ¡es que no podía ser más desordenado!
Todo estaba tirado por cualquier sitio, sin importar si se trataba de joyas o
libros, barcos, o camellos, y se notaba que no había pasado un plumero en años.
Como era un genio, tenía de todo, y como la lámpara también era pequeña, estaba
todo tan apretujado que era normal que saltara por los aires en cuanto se movía
la lámpara y el genio trataba de conseguir algo.
Hubo una vez un genio, de esos que salía de lámparas
maravillosas concediendo deseos, que se hizo tristemente famoso por sus
chapuzas. Cada vez que alguien frotaba la lámpara, y el salía a responder
"¿Qué deseas?", surgía una gran nube de humo y volaban cientos de
cosas por los aires. Y si alguno de sus amos quedaba con ganas de pedir un
deseo, al concedérselo, el regalo salía entre una nube de porquería y cubierto
de polvo.
Así, el genio volvió a ser admirado y respetado por todos, y
aprendió que nada grande puede llegar a conseguirse sin tener orden y limpieza
con cada cosa pequeña.
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